GIANNI… Alguien que pasaba…

Yo no sé si es la vida la que a veces nos da sorpresas o somos nosotros los que con nuestra predisposición las creamos inconscientemente, de modo que parezcan como salidas de la nada cuando suceden. Pero que las hay, “haylas”.

El hecho es que esta misma tarde, y saben los que me leen que jamás invento cuando escribo, venía por la calle hablando con la persona que me acompañaba. Claro, tal vez  mi tono estaba bastante  timbrado… Defecto profesional de soprano supongo. Delante de nosotros iba un chico de mediana edad. Su aspecto era como si fuera un amigo, alguien que no llamaba la atención. Se dio vuelta a mirarnos dos o tres veces, hasta que se detuvo y simplemente empezó a hablar con nosotros.

Nos contó cómo ama latinoamérica, de los viajes que hizo, que 3 meses en Ecuador, que 3 meses en Bolivia… De lo amable que ahí “sí” era la gente, que la gente se detiene a escucharte, que la gente te invita a sus hogares a pasar un rato… Yo pensaba que eso pasa en muchos lugares y en otros continentes, la gente en general, en el fondo de su corazón, siempre quiere compartir con otro ser humano. ¿No?

Nos contó que cuando fue a Dublín sufrió un aneurisma, que estuvo a punto de morir y que a partir de ese momento cada día nuevo sonríe, está feliz de simplemente vivir. Nos dijo que está ahora escribiendo un libro con el único fin de ayudar a los demás, porque quiere hablar de la vida a la gente, recordarnos lo hermoso que es vivir. Que no tengamos miedo, que no existe lo imposible, que podemos hacer todo lo que nos propongamos, que la única limitación está adentro nuestro. Que nos concentremos en algo y no lo perdamos de vista hasta que suceda.

En dos ocasiones, cuando pude decir algo y cerrar mi boca abierta de absoluto asombro, lo invité a encontrarnos nuevamente en un café y así poder escuchar más de su libro, de su historia. Como si no hubiera escuchado. Sólo seguía hablando, como si tuviera que decirnos cierta información pero de forma completa.

Se despidió con lágrimas de emoción en los ojos, agradeciendo que escuchásemos los 5 minutos que duró su increible y fascinante discurso y recordándonos que tampoco tengamos miedo de sentir ni de mostrar nuestras emociones. Luego, cruzó la calle y simplemente no lo vimos más.

Sentí una felicidad indescriptible. Sí, así de raro como puede sonar. Pero así de verdadero también.

 

 

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Published in: on marzo 2, 2016 at 11:52 pm  Dejar un comentario  

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